Biblioteca Enrique Gil y Carrasco

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La quinta de los Templarios

José Luis Suárez Roca continúa deleitándonos con sus sorbitos de café en el Café de Enrique Gil, que podéis seguir en el blog LA ESPUMA DE LOS DÍAS

La Quinta de los Templarios es el lugar con más encanto que Enrique Gil fundó en la cartografía romántica de El señor de Bembibre.
 
   Contempladas desde el jardín de esta quinta, amigos, las puestas otoñales de sol son de otro mundo.Semioculta entre las brumas verdes del poniente, durante más de siete siglos ha estado ahí parpadeando, en una colina de suavísimo declive que moja sus pies en las místicas aguas del lago de Carucedo.
 
   La Quinta de los Templarios no cabe en las guías de nuestra geografía real, que se ha ido quedando pobre de sortilegios y aventuras. En realidad la Quinta de los Templarios es un lugar que existe en el futuro perfecto del verbo fantasía. ¡Nunca sea sometida a recalificación urbanística!
 
   La labraron los templarios en tiempos de su mayor esplendor, y en la imaginación de Enrique Gil era la quinta un edificio primoroso para fortaleza, “porque todos los frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban sus almenas.” Sus ruinas aún nos piensan en clave de sol.
 
   Se asoma uno a su mirador al anochecer y aún avista entonces la falúa en que Beatriz, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil y con los cabellos sueltos, parecía una nereida del lago.
 
   Las áridas cuestas del monte de los Caballos hacen espaldas a esta hermosa quinta. Venid en son de fantasía y oiréis en su jardín el gorjeo medieval de los jilgueros, las calandrias y los mirlos galaicos. Y podréis descubrir la escalera por la que bajaba Beatriz a sentarse en el banco de su desolación, bajo un toldo de jazmines. Y aun los vestigios de la capilla donde encargó que la enterrasen. Ahí en lo más profundo del agua recogida yacen los restos inmortales de la tísica Dama del Lago.
 
   De sospechosa realidad, es sin duda esta Quinta de los Templarios una de las siete maravillas de la República de Almendros. En ella se puede entrar a hacer el amor hasta el alba del alhelí... y aparecer vestido de comendador revolucionario con la melena blanca y apostólica. Y me atrevo a deciros que sus emparrados constituyen el único espacio ideal del Noroeste Atlántico para convertirse al anarquismo lírico. Los más bellos caballos azules he visto yo trotando por sus hierbas eucarísticas. Y ya he dicho que contempladas desde su mirador las puestas otoñales de sol son del otro mundo.
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© Valentín Carrera 2018