Biblioteca Enrique Gil y Carrasco

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Los abismos de Cornatel

José Luis Suárez Roca en estado puro, de su blog La espuma de los días

—Es imposible no pensar en nuestras ruinas arqueológicas cuando se está en este café.
    Ha dicho Martina, ojos azules, arqueóloga en paro, antimonárquica, antisistémica, indignadísima.
—Mi imaginación es hoy una caída, el derrumbamiento de un castillo de leyenda.
 
 
    Martina, melena rubia como un crisantemo demente, gestos y ademanes de consumada actriz, un poco friki, ha venido en su motovespa desde Valtuille, donde vive con su madre. Martina trabaja algunas noches de camarera para una señora muy rica y tuberculosa de Arganza, que se llama Beatriz y escribe en carteras verdes de seda sus pensamientos y sus desvaríos.
—La casa colgante o colgada del castillo de Cornatel está que se cae, tío, se cae mañana y aquí no pasa nada, hostia.
 
 
  Martina, neorromántica empedernida, medievalista aquejada de nostalgias preindustriales, me propone subir hasta la fortaleza de Cornatel y arrojar desde el vértigo de sus aspilleras una rabiosa protesta política contra los responsables de su desplomación.
    Rondan por aquellos montes muchos mastines, Martina, mastines muy ceñudos y agresivos, le he dicho. Ni Tirso, el pastor, es capaz de arrodillarlos.
    Y Martina, teologal como un país que nadie conoce, se ha quedado mirando por el ventanal del oeste la mole del castillo de Cornatel iluminada por los rayos del sol, los despeñaderos de alrededor cubiertos de vapores, esos precipicios que por su hondura y oscuridad el Bardo de la Niebla comparara con el Valle de la Muerte... Mira Martina sus resquebrajadas piedras templarias y envidia sus palpitaciones, sus venas abiertas al asombro del lago de Carucedo, las brumas de poesía que emana de su geológica soledad.
—¡Tendrá que matarse algún artista para que actúen los cachalotes de la Junta!
 
 
     Desde tan sublime atalaya en ruinas es sobrecogedora la liturgia del invierno en nuestra atlántica república, Martina. ¿Y qué podríamos hacer con los responsables de la derrumbaciónde su casa colgada o colgante, del resplandor último de sus huesos contra el abismo? ¡¡¡Majaderos insensibles a la música transvanguardista y ancestral del castillo de Cornatel!!!
    Martina con el grito de los indignados en la punta de su lengua, Martina como una amazona embravecida disparando maldiciones contra los burdos escalatorres de la Junta... Cálmate, Martina, que con esos gestos te me pareces a la Dama Verde de Caerphilly, aquella mujer-espada que tomaba la forma de la hiedra cuando vagaba por los fortines abatidos y en sus pechos se posaban sólo grajos... 
 
 
—¿Por qué no vamos a Cornatel, joder? Montamos allí una gorda y a ver qué pasa.
    Martina del Valle, camarera de doña Beatriz de Arganza, rubia como un crisantemo demente... ¡¡¡Arranca esa motovespa!!!
 
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