Biblioteca Enrique Gil y Carrasco

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Velada literaria en honor de Enrique Gil

El escritor, periodista y prohombre de teatro Miguel Varela recuerda una velada literaria sobre Gil en Villafranca, en 1924.

Dentro de un mes se cumplirán noventa años. Fue en el Teatro Villafranquino, a las cinco de la tarde del 17 de septiembre de 1924. Lo sabemos con tanta precisión porque se editó un librito en el que aparecen todas las intervenciones de aquella «Velada Literaria en honor de Enrique Gil y Carrasco» cargada de doctos discursos, versos floridos y música de una banda militar portuguesa.

El general de artillería, héroe berciano en la guerra de Cuba, don Severo Gómez Núñez, pronunció aquella tarde un discurso encendido en el que aportó, además de puñados de retórica que ahora se nos antoja vacía, la propuesta concreta de repatriar los restos del escritor enterrado en Berlín, cuyo sepulcro dice haber visitado veinte años atrás, encontrándolo «solitario y abandonado».

Sobre la estancia de Gil en el reino de Prusia nos ha dejado el propio poeta un interesante diario de viaje pero sobre su misión, entre la diplomacia y el espionaje, no sabemos demasiado y es probable que exista documentación todavía por estudiar en algún oscuro archivo ministerial.

Las tarea le había sido encomendada por el fugaz gabinete presidido por Luis González Bravo, al que se ha definido como «uno de los políticos más discutidos del siglo XIX y también uno de los más desconocidos». Bravo había compartido con nuestro poeta oficio periodístico y estrenado un drama ultrarromántico. Pero probablemente su relación con Gil parte de su esposa, hermana del actor Julián Romea, una de las grandes figuras del teatro de la época, con el que Enrique mantuvo una espléndida relación personal, más allá del trato elogioso en su tarea de crítico escénico.

Conocemos algo de los años berlineses de Gil, pero nos gustaría saber más. También sabemos del destino de sus restos, pero el oscuro relato de sus peripecias tiene algo de cuento gótico. Gómez Núñez aporta información precisa sobre su tumba, en el cementerio católico de Santa Eduvigis, «calle Lieseustrasse 8, sección IV, hilera 35, número 18». A finales de XIX, la abandonada fosa fue abierta e inhumado encima el cadáver de un tal Pedro Reichemperger.

El general consigue la intercesión del embajador en Berlín, que opina que la única dificultad existente para verificar el traslado de los restos de Gil Carrasco es la probable confusión con los del posteriormente inhumado. Propone Gómez Núñez una colecta de fondos. Cree que «en España y en América, no habrán de faltarnos». Nunca se hizo.

Podemos imaginar cuántos despojos más acabarían en aquel agujero berlinés durante la turbulenta historia contemporánea de Alemania. Restos simbólicos del siglo XX que finalmente reposan bajo el extraordinario artesonado mudéjar de la iglesia de San Francisco de Villafranca.

Diario de León, Fronterizo, 15 de agosto de 2014

 

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